jueves, 19 de julio de 2012

Mentiras y mentirosos


Son muchos los refranes que hacen referencia a los mentirosos, pero hay dos que hoy vienen a pelo, “se coge antes a un mentiroso que a un cojo” y “solos los niños y los borrachos dicen la verdad”. Este último más bien debería decir que los borrachos y los niños no saben mentir.
Por que mentir es mucho más complicado que decir la verdad. La mentira debe estar sustentada en unos argumentos sólidos, que resistan las preguntas y el tiempo. La mentira precisa de un mentiroso con la suficiente capacidad mental como para  salir airoso de los interrogatorios y las argumentaciones de otros.
Y sobre todo, no encontrarse en la situación de tener que debatir con personas que tienen más inteligencia y más argumentos.
Por eso, ni los niños ni los borrachos saben mentir.
En los adultos, aplíquese el primer dicho, “antes se coge a un mentiroso que a un cojo”. Nunca hay garantía de no encontrarse con alguien que tenga más inteligencia y más argumentos.
Al gobierno de mi pueblo, y a sus voceros, aplíquesele.
Llevan unas semanas intentado justificar por qué hoy están haciendo lo contrario de lo que defendían con uñas y dientes hace un año.
Su mentira, la gran mentira de sus palabras de entonces se desmorona con los hechos de hoy.
Una mentira que no ha soportado el paso del tiempo y que requiere el esfuerzo mental de justificarla. Un esfuerzo vano.
Vano porque no es posible engañar a todo un pueblo dos veces seguidas. Una vale, dos no creo.
Vano por los personajes encargados de vender una nueva mentira, los mismos que ayer voceaban por el interés general y hoy, a las claras, defienden sus intereses personales.
Vano porque ni siquiera los argumentos llegan a ser sólidos. Vender hoy como blanco lo que ayer era negro a todo un pueblo se me antoja tarea imposible.
Argumentos sin solidez en boca de personajes sin credibilidad. Descrédito que les viene también por las formas.
La servil, cuya única utilidad es la de poner firma al papel que le presentan los manejadores reales de los hilos del poder.
El vocero, que ante argumentos más fuertes defendidos por mentes más lúcidas solo sabe levantar la voz para acallar la de los demás.
La sobrada, que mira a su pueblo por encima del hombro, y con una sonrisa sarcástica grita sin decir palabra, porque no se atreve, aquello de “que os jodan”.

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